Sacando pecho
J. C. / el país
"No es tan difícil ser cítrico (sic) de cine", decía Homer Simpson al final del episodio Ha nacido una estrella (sexta temporada), en el que Springfield intentaba aumentar sus cotas de popularidad organizando un festival cinematográfico. Quizá la crítica de cine no sea una de las tareas más arduas, pero Los Simpson. La película tampoco es, por fortuna, uno de esos trabajos formularios que el profesional del gremio puede liquidar sin rascarse mucho la cabeza. Al igual que las correspondientes películas generadas por otras celebradas series de animación adulta como South Park y Beavis y Butthead, este trabajo convierte el tránsito de la pequeña a la gran pantalla en parte de su discurso y, por supuesto, también en parte del espectáculo.
La noticia en otros webs
Tras una brillantísima, desenfrenada introducción que incluye un cambio de formato de pantalla, una agresiva interpelación de Homer al público y un preciso guiño a las descargas ilegales, la película de David Silverman juega con tópicos, convenciones y maneras de la superproducción veraniega -amenazas apocalípticas, escenas de masas, set-pieces de acción-, para terminar asumiendo que ella misma es una superproducción veraniega obligada a cumplir como tal, aunque tal exigencia pueda desconcertar a algún fundamentalista de la serie. En todo ello hay una estrategia que puede resultar sumamente gratificante para el espectador en sucesivas revisiones de la película: a menudo, Los Simpson (la serie) ha jugado a la reducción al absurdo de ciertas retóricas cinematográficas que ahora la película se ve obligada a asumir como propias, creyéndoselas a fondo sin pisar con demasiada estridencia el pedal de la parodia.
Sólo tras ver Los Simpson. La película puede uno caer en la cuenta de la magnitud de la responsabilidad que han afrontado Groening y los suyos: la canónica narración cinematográfica de hora y media da para construir un espectáculo convincente, incluso deslumbrante, capaz de cuidar el detalle y sobreactuar la forma (con ayuda digital), pero, a medida que avanza la trama, se revela insuficiente para hacer justicia a esos casi veinte años de comedia humana construidos episodio a episodio. Al contrario que los creadores de South Park, y Beavis y Butthead, Groening y compañía no han aprovechado para rebasar esos tabúes de representación que impone el medio televisivo: Los Simpson. La película quiere verse a sí misma como la definitiva película familiar y, en este sentido, el cameo de Tom Hanks está muy cargado de significado. Como lo está esa escena de cama entre Homer y Marge que termina siendo todo un comentario, con profundo conocimiento de causa, sobre la tradición disneyana.
El conjunto termina pareciéndose un poco a la película que el señor Burns presentaba a concurso en el festival de cine de Springfield en ese viejo episodio: demasiado aparatosa para una hacer justicia a una mitología que ha alcanzado su excelencia en su atención por lo minúsculo.
sábado, 28 de julio de 2007
jueves, 26 de julio de 2007
al carlitos que todos queremos ser
Carlitos y Snoopy, neuróticos terminales
A lo largo de cincuenta años, de 1950 a 2000, Charles M. Schulz, creador de Carlitos y Snoopy, escribió ydibujó una tira cómica diaria hasta llegar a reunir poco menos de dieciocho mil (la última, en la que se despedía de sus lectores, apareció exactamente al día siguiente de su muerte, un fin apenas justo para un prodigioso ciclo de vida y creación). Se trata de un caso excepcional de creatividad sostenida. Schulz, en más de un sentido, fue el Balzac de las tiras cómicas. La publicación de The Complete Peanuts, planeada en veinticinco volúmenes que vienen apareciendo a razón de dos por año, representa la oportunidad de leerlo por primera vez en su totalidad y apreciar la verdadera
dimensión del mundo que creó.
Carlitos pertenece legítimamentema la familia de antihéroes del mundo moderno; suerte de pequeño hombre sin atributos, es el perdedor por antonomasia,
condición ejemplificada por su récord perfecto de derrotas en el beisbol, su incapacidad para elevar un papalote o acercarse a la Niña Pelirroja. Sin embargo, lo que lo salva es una inocencia a prueba de cualquier desengaño y un fondo de optimismo irreductible: no importa cuántos jonrones le peguen, él seguirá subiendo al montículo con la esperanza de convertirse en héroe (recuerdo ahora los primeros versos de un memorable poema de Eduardo Lizalde publicado en Vuelta hace años; no el único seguramente, pero sin duda uno de los mejores: “En la noche asesina, y solo en el montículo,/ ¡qué soledad a veces, Charlie, pavorosa!”). Snoopy no poseía, cuando comenzó a publicarse la tira, el protagonismo que fue adquiriendo hasta llegar a convertirse prácticamente en el centro de la serie. En 1956 Schulz lo hace caminar como un humano; después comienza a expresar sus pensamientos y pronto lo hace adoptar las formas y personalidades más variadas. Frente al nerviosismo y la inseguridad de
Carlitos, el sabueso encarna la despreocupación y la frescura. No obstante, en el mundo poblado de neurosis de Schulz, nadie escapa a ellas: Snoopy asume distintos roles porque está inconforme con lo que realmente es: “Si yo fuera un buitre –piensa– la gente me tendría más respeto.” Así pretende ser un águila calva, un salmón, un gorila, un alce, un león, una
serpiente y, ya en pleno delirio, un piloto de la Primera Guerra Mundial. Sus metamorfosis, sin embargo, suelen tener un final ridículo que le recuerda que, en el fondo, es un perro. La
épica de su vida interior (como la del Walter Mitty de James Thurber) contrasta con su prosaica realidad. Lucy representa la necedad segura de sí misma: enérgica y
despótica, la sombra de la duda nunca parece haber cruzado por su mente. Goza torturando al hipersensible Carlitos y a su hermano menor. Tirana autoproclamada, pretende resolver los problemas de todos en su consultorio psiquiátrico por cinco centavos. Su castigo es estar enamorada de Schroeder, el pianista obsesionado con Beethoven (el compositor
favorito de Schulz, por cierto, no era Beethoven sino Brahms, pero aquél, decía, tenía un nombre más chistoso), que la desprecia olímpicamente. Su mundo filisteo choca ahí con un muro impenetrable. Su hermano Linus, por su lado, posee quizá la personalidad
más compleja del grupo. En él confluyen una inocencia extrema (año tras año espera impertérrito la llegada de la Gran Calabaza), una propensión a la ironía, un temperamento filosoficorreligioso (cuando contemplan las nubes, mientras los demás ven animales, él ve la figura de San Pablo) y un realismo que, a diferencia de Carlitos, le permite adaptarse a la vida como es. Y, no obstante, todo su aplomo depende de la manta que arrastra consigo a todas
partes. Tras su fachada inocente, el mundo de Carlitos y Snoopy está lleno de ansiedades, miedos y frustraciones. A Schulz le gustaba citar una frase de Scott Fitzgerald: “En la noche oscura del alma, siempre son las tres de la mañana”, y Gary Groth ha escrito que de algún modo en Peanuts son siempre las tres de la mañana. Es cierto, claro, pero si sólo eso fuera cierto, las de Schulz serían las tiras cómicas más deprimentes de la historia y no una obra que irradia una suave serenidad. La clave reside en el humor y la compasión con que el autor presenta los defectos e inseguridades de sus personajes. “Mi filosofía –declaró Schulz alguna vez– es sencillamente una filosofía de la bondad.” Su genio radicó en fabricar una comedia humana en miniatura sobre esa bondad. Good grief! ~
– Pablo Sol Mora/letras libres
A lo largo de cincuenta años, de 1950 a 2000, Charles M. Schulz, creador de Carlitos y Snoopy, escribió ydibujó una tira cómica diaria hasta llegar a reunir poco menos de dieciocho mil (la última, en la que se despedía de sus lectores, apareció exactamente al día siguiente de su muerte, un fin apenas justo para un prodigioso ciclo de vida y creación). Se trata de un caso excepcional de creatividad sostenida. Schulz, en más de un sentido, fue el Balzac de las tiras cómicas. La publicación de The Complete Peanuts, planeada en veinticinco volúmenes que vienen apareciendo a razón de dos por año, representa la oportunidad de leerlo por primera vez en su totalidad y apreciar la verdadera
dimensión del mundo que creó.
Carlitos pertenece legítimamentema la familia de antihéroes del mundo moderno; suerte de pequeño hombre sin atributos, es el perdedor por antonomasia,
condición ejemplificada por su récord perfecto de derrotas en el beisbol, su incapacidad para elevar un papalote o acercarse a la Niña Pelirroja. Sin embargo, lo que lo salva es una inocencia a prueba de cualquier desengaño y un fondo de optimismo irreductible: no importa cuántos jonrones le peguen, él seguirá subiendo al montículo con la esperanza de convertirse en héroe (recuerdo ahora los primeros versos de un memorable poema de Eduardo Lizalde publicado en Vuelta hace años; no el único seguramente, pero sin duda uno de los mejores: “En la noche asesina, y solo en el montículo,/ ¡qué soledad a veces, Charlie, pavorosa!”). Snoopy no poseía, cuando comenzó a publicarse la tira, el protagonismo que fue adquiriendo hasta llegar a convertirse prácticamente en el centro de la serie. En 1956 Schulz lo hace caminar como un humano; después comienza a expresar sus pensamientos y pronto lo hace adoptar las formas y personalidades más variadas. Frente al nerviosismo y la inseguridad de
Carlitos, el sabueso encarna la despreocupación y la frescura. No obstante, en el mundo poblado de neurosis de Schulz, nadie escapa a ellas: Snoopy asume distintos roles porque está inconforme con lo que realmente es: “Si yo fuera un buitre –piensa– la gente me tendría más respeto.” Así pretende ser un águila calva, un salmón, un gorila, un alce, un león, una
serpiente y, ya en pleno delirio, un piloto de la Primera Guerra Mundial. Sus metamorfosis, sin embargo, suelen tener un final ridículo que le recuerda que, en el fondo, es un perro. La
épica de su vida interior (como la del Walter Mitty de James Thurber) contrasta con su prosaica realidad. Lucy representa la necedad segura de sí misma: enérgica y
despótica, la sombra de la duda nunca parece haber cruzado por su mente. Goza torturando al hipersensible Carlitos y a su hermano menor. Tirana autoproclamada, pretende resolver los problemas de todos en su consultorio psiquiátrico por cinco centavos. Su castigo es estar enamorada de Schroeder, el pianista obsesionado con Beethoven (el compositor
favorito de Schulz, por cierto, no era Beethoven sino Brahms, pero aquél, decía, tenía un nombre más chistoso), que la desprecia olímpicamente. Su mundo filisteo choca ahí con un muro impenetrable. Su hermano Linus, por su lado, posee quizá la personalidad
más compleja del grupo. En él confluyen una inocencia extrema (año tras año espera impertérrito la llegada de la Gran Calabaza), una propensión a la ironía, un temperamento filosoficorreligioso (cuando contemplan las nubes, mientras los demás ven animales, él ve la figura de San Pablo) y un realismo que, a diferencia de Carlitos, le permite adaptarse a la vida como es. Y, no obstante, todo su aplomo depende de la manta que arrastra consigo a todas
partes. Tras su fachada inocente, el mundo de Carlitos y Snoopy está lleno de ansiedades, miedos y frustraciones. A Schulz le gustaba citar una frase de Scott Fitzgerald: “En la noche oscura del alma, siempre son las tres de la mañana”, y Gary Groth ha escrito que de algún modo en Peanuts son siempre las tres de la mañana. Es cierto, claro, pero si sólo eso fuera cierto, las de Schulz serían las tiras cómicas más deprimentes de la historia y no una obra que irradia una suave serenidad. La clave reside en el humor y la compasión con que el autor presenta los defectos e inseguridades de sus personajes. “Mi filosofía –declaró Schulz alguna vez– es sencillamente una filosofía de la bondad.” Su genio radicó en fabricar una comedia humana en miniatura sobre esa bondad. Good grief! ~
– Pablo Sol Mora/letras libres
y bueno, un pasito, m
REPORTAJE
Disney apaga el cigarro
Los estudios Walt Disney prohibirán que se fume en pantalla en todas sus producciones familiares
AGENCIAS - Los Ángeles (Estados Unidos) - 25/07/2007
Los más fervientes partidarios de desterrar de las grandes pantallas la típica imagen de un personaje fumando un cigarro están de enhorabuena, porque los estudios Walt Disney han anunciado hoy su intención de prohibir que se fume en pantalla en todas las películas familiares que lleven su sello. Es más, esta iniciativa podría aplicarse en aquellas producciones que la compañía adquiera para su distribución mediante sus sellos Touchstone y Miramax.
La noticia en otros webs
Con esta medida la compañía se convierte en la primera factoría de producción cinematográfica que toma tal decisión y refleja una tendencia anti-tabaquista cada vez más generalizada en un medio que durante décadas alimentó, gracias a sus fotogramas, los deseos del público de encender un cigarro nada más terminar la proyección.
El presidente de Disney, Robert Iger, ha enviado una carta al presidente del comité del Congreso estadounidense que estudia los efectos perniciosos del cine en los niños, en la que adelanta que también tiene la intención animar a los propietarios de las salas de cine a proyectar anuncios contra el consumo de tabaco antes de cada película.
El anuncio se produce dos meses más tarde de que la todo poderosa Asociación Americana del Cine (MPAA en sus siglas en inglés), ente que otorga las calificaciones de las películas en EE UU, anunciara que tendría en cuenta la presencia de fumadores en pantalla para determinar a qué público se dirigen los largometrajes. Hasta ahora la MPAA, auténtico gendarme de Hollywood, tenía en cuenta la presencia de violencia, de escenas de sexo o la utilización de lenguaje ordinario en las películas que tiene que calificar para ayudar a los padres a elegir lo que van a ver sus hijos.
La influencia de las imágenes y el tabaco en los menores
La asociación American Legacy, que lucha contra el consumo de tabaco en el cine, considera que la decisión de los estudios Disney se queda corta por no haber aclarado cuáles serán las medidas concretas que tomará en aquellas películas adquiridas para su distribución. La misma asociación ha divulgado recientemente un estudio que indica que en el 90% de las películas que se estrenan en EE UU aparece alguien fumando. En el mismo se hace hincapié en que los niños más expuestos a estas imágenes corren un riesgo tres veces superior de convertirse después en fumadores potenciales.
Disney apaga el cigarro
Los estudios Walt Disney prohibirán que se fume en pantalla en todas sus producciones familiares
AGENCIAS - Los Ángeles (Estados Unidos) - 25/07/2007
Los más fervientes partidarios de desterrar de las grandes pantallas la típica imagen de un personaje fumando un cigarro están de enhorabuena, porque los estudios Walt Disney han anunciado hoy su intención de prohibir que se fume en pantalla en todas las películas familiares que lleven su sello. Es más, esta iniciativa podría aplicarse en aquellas producciones que la compañía adquiera para su distribución mediante sus sellos Touchstone y Miramax.
La noticia en otros webs
Con esta medida la compañía se convierte en la primera factoría de producción cinematográfica que toma tal decisión y refleja una tendencia anti-tabaquista cada vez más generalizada en un medio que durante décadas alimentó, gracias a sus fotogramas, los deseos del público de encender un cigarro nada más terminar la proyección.
El presidente de Disney, Robert Iger, ha enviado una carta al presidente del comité del Congreso estadounidense que estudia los efectos perniciosos del cine en los niños, en la que adelanta que también tiene la intención animar a los propietarios de las salas de cine a proyectar anuncios contra el consumo de tabaco antes de cada película.
El anuncio se produce dos meses más tarde de que la todo poderosa Asociación Americana del Cine (MPAA en sus siglas en inglés), ente que otorga las calificaciones de las películas en EE UU, anunciara que tendría en cuenta la presencia de fumadores en pantalla para determinar a qué público se dirigen los largometrajes. Hasta ahora la MPAA, auténtico gendarme de Hollywood, tenía en cuenta la presencia de violencia, de escenas de sexo o la utilización de lenguaje ordinario en las películas que tiene que calificar para ayudar a los padres a elegir lo que van a ver sus hijos.
La influencia de las imágenes y el tabaco en los menores
La asociación American Legacy, que lucha contra el consumo de tabaco en el cine, considera que la decisión de los estudios Disney se queda corta por no haber aclarado cuáles serán las medidas concretas que tomará en aquellas películas adquiridas para su distribución. La misma asociación ha divulgado recientemente un estudio que indica que en el 90% de las películas que se estrenan en EE UU aparece alguien fumando. En el mismo se hace hincapié en que los niños más expuestos a estas imágenes corren un riesgo tres veces superior de convertirse después en fumadores potenciales.
viernes, 20 de julio de 2007
estamos de luto: fontanorrosa
El imposible adiós a un verdadero grande
Acosado por una enfermedad neurológica, Fontanarrosa afrontó sus últimos tiempos con la misma vitalidad que vibra en sus textos y dibujos. Padre de Inodoro Pereyra y Boogie el aceitoso, autor de una veintena de libros que demostraron su calidad literaria, supo decir lo más profundo de la manera más simple.
Por Karina Micheletto
“Cuando me explicaron de qué se trataba mi enfermedad, lo primero que pensé fue: ¿por qué a mí? Pero después entendí: ¿Y por qué no?”. Así anunció su enfermedad Roberto Fontanarrosa, dos años atrás, en el primer programa que tuvo a mano, el ciclo de entrevistas Tiene la palabra, por TN. Lo contó en público, explicó antes del aire, porque le parecía que ya era tiempo, restándole importancia por completo al asunto. Parecía mucho más preocupado por dejar en claro que sus dichos sobre Rosario Central (“con cada partido envejezco diez años”) no tenían nada de broma. En medio de la irrealidad que siempre supone un estudio de televisión, preparado para albergar palabras que se dicen con la liviandad del “estamos en el aire”, esta cronista recuerda haber vuelto a confirmar, junto a todos los presentes, una certeza colectiva, conmovedora, como fuera de lugar: qué grosso que es este tipo. Roberto Fontanarrosa falleció ayer, después de presentar batalla a una extraña afección neurológica que fue debilitando poco a poco sus músculos, una enfermedad que sabía irreversible y progresiva. Tenía 62 años, más amigos que penas y la lucidez suficiente para ejercer con maestría el más arduo de los oficios: el de decir lo más profundo de la forma más simple, haciendo reír con gusto al menos a dos generaciones.
Los cables de noticias indican que Fontanarrosa murió en una clínica de Rosario, la ciudad que amaba. Que no tuvo que permanecer mucho tiempo internado allí. Y que había pasado la noche anterior entre amigos, compartiendo un asado. Lo cual suena como una especie de consuelo imposible, una forma casi justa –ojalá tal cosa existiera– de muerte. La variante de esclerosis que padecía le fue tendiendo un cerco que afectó primero su brazo izquierdo, y luego dificultó su movilidad, por lo cual en sus últimas apariciones se lo vio en silla de ruedas. Sufría una extraña enfermedad neurológica, “esclerosis lateral amiotrófica”, sin cura conocida. No rechazó ningún tratamiento, desde acupuntura hasta ensayos con células madre, en fase experimental. La noticia de su muerte fue sorpresiva para todos: la arrolladora vitalidad que transmitía el rosarino marcaba un diagnóstico propio y diferente, siempre esperanzado.
Roberto Fontanarrosa nació en Rosario el 26 de noviembre de 1944 y, según decía, desde chiquito fue negro y canalla. A los veinticinco años comenzó a delinear sus dos personajes emblemáticos: Boogie el aceitoso e Inodoro Pereyra, que nacieron en las revistas Tinta y Hortensia. A partir de los ’70 empezó a poner su firma en revistas como Satiricón y Mengano, y pronto Ediciones de la Flor publicó las primeras compilaciones de Inodoro y Boogie. Sentencias como “mal pero acostumbra’o”, “Negociemos, don Inodoro”, o el lacónico “shit” que remataba las aventuras de el aceitoso, pasaron a formar parte del refranero popular. Boogie, precisamente, fue protagonista de las contratapas de domingo en Rosario/12, donde trabajó toda la década pasada y escribió sus “Noticias desde El Cairo”. Pero también brilló en novelas y compilaciones de cuentos –muchos de ellos dedicados, claro, al fútbol– como El área 18, No sé si he sido claro, Usted no me lo va a creer y El mayor de mis defectos. En el último tiempo, relatos como La mesa de los galanes fueron llevados al teatro por distintos elencos, y sus amigos Daniel Aráoz y Coco Silly hicieron que Los cuentos de Fontanarrosa cobraran vida por Canal 7 (ayer, justamente, grabaron un capítulo en medio de la noticia de la muerte). Su maestría lo llevó por las más diversas posibilidades de su oficio, desde cubrir un Mundial de Fútbol hasta ilustrar el Martín Fierro.
Siguió trabajando con el mismo entusiasmo hasta el final: mantuvo el chiste diario en Clarín. También siguió con Inodoro Pereyra, el renegáu en la revista dominical de ese medio, sin renunciar al desafío autoimpuesto: lograr que cada viñeta contuviera un chiste, con remate y todo, formando parte a la vez del relato global de la historieta. La enfermedad marcó cambios inevitables: primero, las letras de Inodoro comenzaron a salir con un programa de computadora que imitaba los caracteres del humorista. Finalmente, en enero de este año, anunció que dejaría de dibujar, y sólo seguiría escribiendo el contenido de sus tiras cómicas. “Fue casi un alivio llegar a esta determinación; me costaba mucho dibujar, y me salía mal. Por ahora mi mano claudicó, no responde como antaño a lo que dicta la mente”, explicó. La solución llegó con otra mano, la de un amigo de años, el cordobés Crist. Así, en el último tiempo, los chistes se pensaban en Rosario, se dibujaban en Córdoba y se imprimían en Buenos Aires, para todo el país.
En 2004, Fontanarrosa fue invitado al III Congreso de la Lengua, que se realizó con toda pompa y circunstancia en la ciudad de Rosario, con la presencia de catedráticos de la más alta alcurnia. Su exposición, que se suponía una suerte de adorno marginal en ese ámbito académico, las palabras de alguien “de otro palo”, terminó siendo lo más recordado del evento. No porque los medios hubieran ejercido su poder de caja amplificadora de lo pequeño, sino porque sus palabras, efectivamente, formaron parte de lo más profundo de la discusión sobre una materia viva como la lengua. “¿Por qué son malas las malas palabras? ¿Le pegan a las otras palabras? ¿Son de mala calidad, y cuando uno las pronuncia se deterioran?”, comenzó planteando el rosarino. En su ponencia abordó la cuestión de “la triste función de los puntos suspensivos” en el reemplzazo de términos soeces, y defendió la potencia expresiva de un carajo o un mierda bien colocados. Hablaba sin recurrir a un texto escrito, en lo que parecía un discurso improvisado, o al menos dicho con la tranquilidad de quien va pensando las palabras en el momento. Pero si logró hacer reír a carcajadas a cada maestra y biliotecaria, y hasta al director de la Real Academia (apellidado, casualmente, García de la Concha), era porque el Negro había trabajado mucho su ponencia. Lo que decía en cada oración, con el ritmo justo para que el auditorio estallara en risas en cada punto, era brillante. Lo mismo ocurría con sus chistes. Nadie se sentía un pelotudo mientras largaba la carcajada.
Una situación similar vivían todos los años los cientos de personas que llenaban la sala más grande de la Feria del Libro, donde Fontanarrosa cumplía con una suerte de ritual, la mesa de humoristas que organizaba De la Flor. El tema era siempre más o menos el mismo: el humor y sus implicancias. El rosarino siempre llegaba con algo preparado, y aunque las dijera como al pasar, sus palabras dejaban picando grandes reflexiones. Decía que disfrutaba muchísimo de esas ferias, aun entre los apretujones de los pasillos repletos, y era fácil creerle, viendo el empeño que ponía en firmar un autógrafo tras otro, frente a una fila de lectores ansiosos que parecía ser siempre igual de larga. “Yo firmo lo que venga”, aseguraba, y contaba que había estampado las cosas más insólitas: papelitos, revistas, camisetas, libros de otro autor. Se tomaba el tiempo para agregar un Mendieta, un Inodoro, lo que el lector pidiera. Era su forma de devolver el cariño que recibía de sus lectores, que lo trataban con respeto y familiaridad a la vez. Como a un amigo.
En cierta medida, el Negro fue un símbolo de un país que alguna vez fue posible, uno de esos seres cuya existencia indican que quizá todavía puede ser posible. Un hombre que manejaba una cultura vastísima, capaz de hacer poesía con Central, o de hacer que la sociedad argentina se reconozca en sus personajes. Un hombre que trabajaba con la sencilla convicción de que podía hablarles a sus lectores de igual a igual, como a seres capaces de reflexionar y reírse con las mismas cosas que él. Por eso sus chistes y textos hacían sentir bien tratado al lector mientras se reía, algo que en estos tiempos de zanahorias para bobos se agradecía como una caricia. No son tantos los que quedan, y un ejemplo pueden ser Les Luthiers, con quienes no por nada el rosarino trabajó durante más de veinte años como asesor creativo.
“¿Por qué a mí? ¿Y por qué no?”, les debe estar diciendo el Negro, desde algún lugar y de alguna forma, con la sonrisa torcida de siempre, a los muchos que hoy lo lloran. Decir que un artista sobrevive en su obra es el más horrible de los lugares comunes para una nota como ésta. Aun así, hay una certeza alrededor de esa posibilidad de reencarnación que solamente se ganan los grandes, que no son tantos. Fontanarrosa podrá haberse muerto, pero todos seguiremos repitiendo: qué grosso que es este tipo.
Acosado por una enfermedad neurológica, Fontanarrosa afrontó sus últimos tiempos con la misma vitalidad que vibra en sus textos y dibujos. Padre de Inodoro Pereyra y Boogie el aceitoso, autor de una veintena de libros que demostraron su calidad literaria, supo decir lo más profundo de la manera más simple.
Por Karina Micheletto
“Cuando me explicaron de qué se trataba mi enfermedad, lo primero que pensé fue: ¿por qué a mí? Pero después entendí: ¿Y por qué no?”. Así anunció su enfermedad Roberto Fontanarrosa, dos años atrás, en el primer programa que tuvo a mano, el ciclo de entrevistas Tiene la palabra, por TN. Lo contó en público, explicó antes del aire, porque le parecía que ya era tiempo, restándole importancia por completo al asunto. Parecía mucho más preocupado por dejar en claro que sus dichos sobre Rosario Central (“con cada partido envejezco diez años”) no tenían nada de broma. En medio de la irrealidad que siempre supone un estudio de televisión, preparado para albergar palabras que se dicen con la liviandad del “estamos en el aire”, esta cronista recuerda haber vuelto a confirmar, junto a todos los presentes, una certeza colectiva, conmovedora, como fuera de lugar: qué grosso que es este tipo. Roberto Fontanarrosa falleció ayer, después de presentar batalla a una extraña afección neurológica que fue debilitando poco a poco sus músculos, una enfermedad que sabía irreversible y progresiva. Tenía 62 años, más amigos que penas y la lucidez suficiente para ejercer con maestría el más arduo de los oficios: el de decir lo más profundo de la forma más simple, haciendo reír con gusto al menos a dos generaciones.
Los cables de noticias indican que Fontanarrosa murió en una clínica de Rosario, la ciudad que amaba. Que no tuvo que permanecer mucho tiempo internado allí. Y que había pasado la noche anterior entre amigos, compartiendo un asado. Lo cual suena como una especie de consuelo imposible, una forma casi justa –ojalá tal cosa existiera– de muerte. La variante de esclerosis que padecía le fue tendiendo un cerco que afectó primero su brazo izquierdo, y luego dificultó su movilidad, por lo cual en sus últimas apariciones se lo vio en silla de ruedas. Sufría una extraña enfermedad neurológica, “esclerosis lateral amiotrófica”, sin cura conocida. No rechazó ningún tratamiento, desde acupuntura hasta ensayos con células madre, en fase experimental. La noticia de su muerte fue sorpresiva para todos: la arrolladora vitalidad que transmitía el rosarino marcaba un diagnóstico propio y diferente, siempre esperanzado.
Roberto Fontanarrosa nació en Rosario el 26 de noviembre de 1944 y, según decía, desde chiquito fue negro y canalla. A los veinticinco años comenzó a delinear sus dos personajes emblemáticos: Boogie el aceitoso e Inodoro Pereyra, que nacieron en las revistas Tinta y Hortensia. A partir de los ’70 empezó a poner su firma en revistas como Satiricón y Mengano, y pronto Ediciones de la Flor publicó las primeras compilaciones de Inodoro y Boogie. Sentencias como “mal pero acostumbra’o”, “Negociemos, don Inodoro”, o el lacónico “shit” que remataba las aventuras de el aceitoso, pasaron a formar parte del refranero popular. Boogie, precisamente, fue protagonista de las contratapas de domingo en Rosario/12, donde trabajó toda la década pasada y escribió sus “Noticias desde El Cairo”. Pero también brilló en novelas y compilaciones de cuentos –muchos de ellos dedicados, claro, al fútbol– como El área 18, No sé si he sido claro, Usted no me lo va a creer y El mayor de mis defectos. En el último tiempo, relatos como La mesa de los galanes fueron llevados al teatro por distintos elencos, y sus amigos Daniel Aráoz y Coco Silly hicieron que Los cuentos de Fontanarrosa cobraran vida por Canal 7 (ayer, justamente, grabaron un capítulo en medio de la noticia de la muerte). Su maestría lo llevó por las más diversas posibilidades de su oficio, desde cubrir un Mundial de Fútbol hasta ilustrar el Martín Fierro.
Siguió trabajando con el mismo entusiasmo hasta el final: mantuvo el chiste diario en Clarín. También siguió con Inodoro Pereyra, el renegáu en la revista dominical de ese medio, sin renunciar al desafío autoimpuesto: lograr que cada viñeta contuviera un chiste, con remate y todo, formando parte a la vez del relato global de la historieta. La enfermedad marcó cambios inevitables: primero, las letras de Inodoro comenzaron a salir con un programa de computadora que imitaba los caracteres del humorista. Finalmente, en enero de este año, anunció que dejaría de dibujar, y sólo seguiría escribiendo el contenido de sus tiras cómicas. “Fue casi un alivio llegar a esta determinación; me costaba mucho dibujar, y me salía mal. Por ahora mi mano claudicó, no responde como antaño a lo que dicta la mente”, explicó. La solución llegó con otra mano, la de un amigo de años, el cordobés Crist. Así, en el último tiempo, los chistes se pensaban en Rosario, se dibujaban en Córdoba y se imprimían en Buenos Aires, para todo el país.
En 2004, Fontanarrosa fue invitado al III Congreso de la Lengua, que se realizó con toda pompa y circunstancia en la ciudad de Rosario, con la presencia de catedráticos de la más alta alcurnia. Su exposición, que se suponía una suerte de adorno marginal en ese ámbito académico, las palabras de alguien “de otro palo”, terminó siendo lo más recordado del evento. No porque los medios hubieran ejercido su poder de caja amplificadora de lo pequeño, sino porque sus palabras, efectivamente, formaron parte de lo más profundo de la discusión sobre una materia viva como la lengua. “¿Por qué son malas las malas palabras? ¿Le pegan a las otras palabras? ¿Son de mala calidad, y cuando uno las pronuncia se deterioran?”, comenzó planteando el rosarino. En su ponencia abordó la cuestión de “la triste función de los puntos suspensivos” en el reemplzazo de términos soeces, y defendió la potencia expresiva de un carajo o un mierda bien colocados. Hablaba sin recurrir a un texto escrito, en lo que parecía un discurso improvisado, o al menos dicho con la tranquilidad de quien va pensando las palabras en el momento. Pero si logró hacer reír a carcajadas a cada maestra y biliotecaria, y hasta al director de la Real Academia (apellidado, casualmente, García de la Concha), era porque el Negro había trabajado mucho su ponencia. Lo que decía en cada oración, con el ritmo justo para que el auditorio estallara en risas en cada punto, era brillante. Lo mismo ocurría con sus chistes. Nadie se sentía un pelotudo mientras largaba la carcajada.
Una situación similar vivían todos los años los cientos de personas que llenaban la sala más grande de la Feria del Libro, donde Fontanarrosa cumplía con una suerte de ritual, la mesa de humoristas que organizaba De la Flor. El tema era siempre más o menos el mismo: el humor y sus implicancias. El rosarino siempre llegaba con algo preparado, y aunque las dijera como al pasar, sus palabras dejaban picando grandes reflexiones. Decía que disfrutaba muchísimo de esas ferias, aun entre los apretujones de los pasillos repletos, y era fácil creerle, viendo el empeño que ponía en firmar un autógrafo tras otro, frente a una fila de lectores ansiosos que parecía ser siempre igual de larga. “Yo firmo lo que venga”, aseguraba, y contaba que había estampado las cosas más insólitas: papelitos, revistas, camisetas, libros de otro autor. Se tomaba el tiempo para agregar un Mendieta, un Inodoro, lo que el lector pidiera. Era su forma de devolver el cariño que recibía de sus lectores, que lo trataban con respeto y familiaridad a la vez. Como a un amigo.
En cierta medida, el Negro fue un símbolo de un país que alguna vez fue posible, uno de esos seres cuya existencia indican que quizá todavía puede ser posible. Un hombre que manejaba una cultura vastísima, capaz de hacer poesía con Central, o de hacer que la sociedad argentina se reconozca en sus personajes. Un hombre que trabajaba con la sencilla convicción de que podía hablarles a sus lectores de igual a igual, como a seres capaces de reflexionar y reírse con las mismas cosas que él. Por eso sus chistes y textos hacían sentir bien tratado al lector mientras se reía, algo que en estos tiempos de zanahorias para bobos se agradecía como una caricia. No son tantos los que quedan, y un ejemplo pueden ser Les Luthiers, con quienes no por nada el rosarino trabajó durante más de veinte años como asesor creativo.
“¿Por qué a mí? ¿Y por qué no?”, les debe estar diciendo el Negro, desde algún lugar y de alguna forma, con la sonrisa torcida de siempre, a los muchos que hoy lo lloran. Decir que un artista sobrevive en su obra es el más horrible de los lugares comunes para una nota como ésta. Aun así, hay una certeza alrededor de esa posibilidad de reencarnación que solamente se ganan los grandes, que no son tantos. Fontanarrosa podrá haberse muerto, pero todos seguiremos repitiendo: qué grosso que es este tipo.
miércoles, 18 de julio de 2007
mescalito: un joyita para cazadores
hunter thompson: el libro oculto del gonzo mas celebre de las letras
Hunter Thompson es uno de los periodistas más célebres del siglo XX: su talento para conjugar en palabras los actos más audaces (en general combinados con grandes ingestas de sustancias tóxicas y armas de fuego de alto calibre y gatillo sensible), lo volvieron un exponente emblemático de esa forma de periodismo gonzo que se arrojó a perforar la realidad en los años ’60. Algunos lo recordarán por Días de ron, otros por Los ángeles del infierno y la mayoría por Miedo y asco en Las Vegas. Pero a principios de los ’90, Thompson editó apenas 326 ejemplares de un libro minúsculo que resumía su credo y su práctica: tres relatos sobre la experiencia con las drogas, las ilusiones perdidas y un amor bestial entre un hombre y un gato que el mismo Thompson utilizaba como parámetro de cuánto podía un lector aguantarlo. Finalmente, Mescalito se edita en la Argentina. Pruébelo. Aguántelo.
Por Juan Forn
En una de las últimas apariciones públicas de Hunter Thompson, firmando ejemplares de los tres tomos de su correspondencia en una librería de Chicago, uno de sus fanáticos se presentó con una bolsa llena de ajados ejemplares del Gonzo, esperando que éste les estampara la firma. Thompson miró con ojos vidriosos al fanático y a la larga fila que se había formado detrás y declaró que sólo firmaría los libros que se hubieran vendido esa tarde. El fanático guardó contrito todos sus ejemplares menos uno y rogó al Gonzo que al menos le firmara ése. Se trataba de un librito de menos de cincuenta páginas, sin cubierta, con el título Screwjack y un tosco grabado de un gato alzando la cola en su primera página. Thompson ofreció al fanático firmarle toda la bolsa a cambio de ese libro. El tipo dijo que de ninguna manera pensaba desprenderse de él. Thompson sacó entonces un arma, se produjo gran revuelo en la librería y todo terminó con el retiro apresurado de la estrella de la jornada, acompañado de su entorno y varios guardias de seguridad.
La primera edición de Screwjack (Mescalito en la traducción que acaba de publicar en castellano Emecé) se publicó en 1991 en una tirada fantasma de 326 ejemplares numerados, sin tapa y sin incluir siquiera el nombre de su autor en portada, realizada por el desconocido sello editorial Neville Books of Santa Barbara. Como el libro no figuraba ni en los registros del ISBN ni en los de la Biblioteca del Congreso, los fans de Thompson discutieron durante años si se trataba de un objeto de culto de existencia real (por el cual se ofrecían hasta 500 dólares en foros de Internet) o de una humorada más de su icono. El precio de aquellos ejemplares numerados llegó a las nubes en los meses posteriores al suicidio de su autor, hasta que Simon & Schuster reeditó el libro con bombos y platillos a fines del 2005, con la leyenda “el inédito póstumo de HT” bien visible en tapa y en la campaña promocional de lanzamiento.
Hunter Thompson a mediados de los ’70
El breve volumen tenía la misma extensión que en su edición original: 48 páginas, repartidas en tres textos y una introducción en la que el propio HT explica en una carta a su editor (“Querido Maurice”) en qué orden deben ir los textos y por qué. El texto inicial (“Mescalito”) es una típica pieza de gonzo journalism que los fanáticos de HT considerarán “seminal” porque relata en tiempo real el primer viaje de mescalina al que se sometió el Gonzo, en un hotel de Los Angeles en 1969. Alguna vez, HT se definió a sí mismo como un political junkie; este texto ilustra bien por qué. Todas las alucinaciones que le produce la mescalina son políticas: la fecha del relato es febrero del ’69, poco después de los asesinatos de Martin Luther King y Bobby Kennedy, en el momento justo en que Nixon ordenó la represión de estudiantes en Berkeley y la prensa dio a conocer la masacre contra civiles cometida por tropas norteamericanas en My Lai (Vietnam). HT juguetea con la idea de tirarse del piso once o comenzar a disparar contra los policías que ve abajo, mientras los aparatos de su habitación de hotel (TV, radio despertador, máquina de escribir, heladerita, alarma contra incendios) conspiran para obligarlo a hacer algo, hasta que Oscar Zeta Acosta, el abogado chicano e impenitente compañero de desventuras de HT, acude en su ayuda y lo despacha por avión a Denver.
Si “Mescalito” es un destilado avant-la-lettre de la locura psicotrópica que HT desarrollaría hasta la demencia en Miedo y asco en Las Vegas, el segundo y tercer texto (“Muerte de un poeta” y “Screwjack”) pertenecen a lo que el Gonzo consideraba sus “ficciones” y despiden ambos, con los honores que se merecen, a sus dos heterónimos más conocidos: el poeta FX Leach (que aparece por primera vez en Fear and Loathing in Elko y reaparece en Better Than Sex) y el legendario Raoul Duke (mencionado por primera vez en Los ángeles del infierno y protagonista excluyente de Miedo y asco en Las Vegas y otras aventuras narradas por HT).
En la manera de morir que ofrendó HT a sus heterónimos en estos dos relatos (difícil encontrar un relato que culmine con la muerte de su protagonista que sea tan delirantemente eufórico como estos dos) puede hallarse explicación a la avidez con que sus fanáticos se han desvivido a lo largo de los años por conseguir una copia del librito en cuestión. También puede verse en esta despedida a FX Leach y a Raoul Duke la manera en que pensaba irse de este mundo el propio HT. Como bien ha señalado Nathan Cain, una de las grandes ironías de la carrera de Thompson es que haya vivido lo suficiente para ver desdibujarse todos los finales espectaculares que imaginaba para sí mismo (tal como lo demuestra el prólogo al primer volumen de su correspondencia, The Proud Highway, donde habla de sí mismo en tercera persona, describiendo un descabellado accidente de motocicleta en el que supuestamente perdió la vida).
De hecho, muchos expertos en la obra de Thompson dicen que éste aceptó publicar su correspondencia en vida para que ésta contestara por sí misma todas las preguntas sobre “el verdadero Hunter Thompson” que a él tanto le fastidiaba enfrentar (entre ellas si escribió verdaderamente drogado Miedo y asco en Las Vegas, cosa que al parecer no fue así, como le confiesa en una carta al editor del libro, Jim Silberman, de Random House).
Lo cierto es que hay un magistral golpe de efecto al pasar de las alucinaciones de “Mescalito” a “Muerte de un poeta” y de ahí a “Screwjack”, tal como explica HT que es su cometido en la carta a su querido Maurice que abre el libro: “En cuanto al orden, creo que Mescalito debe ir primero, para que la tensión dramática & la anomalía cronológica vayan intensificándose como en el Bolero de Ravel, en un crescendo que arrastrará implacablemente al lector hacia las alturas & desde allí lo dejará caer al abismo. Ese es el efecto buscado, y si abrimos con Screwjack o Muerte de un poeta, el libro se nos disolverá en las manos”.
Otra de las discusiones en torno de este libro que se dan en los foros de Internet es la naturaleza de la relación sexual entre Raoul Duke y su gato en “Screwjack” (el título del relato es el nombre del felino). Hay quienes aseguran que HT habla incuestionablemente de penetración; hay quienes lo consideran una mera metáfora. Lo cierto es que todos los amigos de HT aseguran que él usaba ese relato como tester con las damas que iban a entrevistarlo a su rancho-fortaleza de Woody Creek (Colorado), para saber qué clase de “gonzo-tolerancia” tenían.
De hecho, eso es lo que habría sucedido en 1990, entre HT y una conocida actriz porno devenida productora llamada Gail Palmer-Slater, que asistió a una reunión en Woody Creek para comprarle al Gonzo los derechos cinematográficos de uno de sus libros (no especificó cuál al arreglar la cita). Durante los años ’70 y ’80, Palmer-Slater había formado una sociedad marital-conyugal de pingües ganancias con el mafioso Harry Mohney, poseedor de trescientos cincuenta cines porno en Los Angeles. Cuando sus bondades físicas comenzaron a declinar, Palmer-Slater convenció a Mohney para que le permitiera dirigir y producir sus propias películas (incluyendo algunas con el famoso John Holmes). Cuando Mohney se cansó de ella, Palmer-Slater hizo un arreglo con la policía para testificar contra él y enviarlo a la cárcel.
En 1990 se había casado con un dentista junto al cual asistió a una convención odontológica en Aspen, cuando tuvo la idea de ir a ver a Thompson para negociar con él su retorno al cine. Al día siguiente del encuentro, Palmer-Slater presentó una denuncia por acoso sexual contra HT en los tribunales de Aspen (la misma ciudad en la que Thompson se presentó como candidato a alcalde en los años ’70, con su propio partido, el Freak Power Party, y los republicanos y demócratas de la ciudad debieron unirse en lista única para vencerlo, en unas elecciones famosamente reñidas). La comunidad de Aspen se la tenía jurada al Gonzo desde entonces. Apenas fue radicada la denuncia (la Palmer-Slater acusaba a HT de haberle pellizcado “fuertemente” un pezón) y sin que viniera muy a cuento, la policía local realizó una redada que duró once horas en el rancho de Woody Creek.
Según las actas del juicio posterior, se encontraron un gramo de cocaína, dos onzas de marihuana, treinta y nueve tabletas de LSD y una caja de cartuchos de dinamita. Así se inició un famoso proceso que duró más de dos años, durante el cual HT despidió a sus abogados y asumió su propia defensa. Luego de que se demostrara que las drogas y la dinamita halladas en el rancho tenían por lo menos una década de antigüedad (en la pericia, de resultados hilarantes, se determinaron los escasos efectos residuales que conservaban las sustancias tóxicas halladas), HT declaró en el estrado: “Vivo en Woody Creek hace veinticuatro años y puedo afirmar que gran parte de los freaks de este país (no todos, a Dios gracias) han pasado por esa casa. No veo por qué debe ser mi responsabilidad lo que hayan dejado olvidado en ella”.
Aun así, los propios abogados despedidos por Thompson daban por perdido el juicio hasta que la testigo principal de Palmer-Slater se puso a coquetear abiertamente con el acusado desde el estrado donde estaba declarando. Harto de tanta payasada y cobertura mediática, el juez archivó la causa y declaró inocente de todos los cargos a HT.
La Palmer-Slater nunca logró retornar al mundo del cine y se desconoce su paradero actual. En cuanto a los derechos cinematográficos de “Screwjack”, los fanáticos del Gonzo aseguran que se cremaron junto con el cuerpo de su autor y que fueron disparados al cosmos en una cápsula espacial (con la forma de un puño que apretaba un hongo de peyote) al son de la canción Mr. Tambourine Man de Dylan, durante las exequias de HT en su rancho de Woody Creek, financiadas según su viuda por Johnny Depp y Bill Murray, los dos únicos actores capaces de interpretar al Gonzo en el cine.
MescalitoHunter ThompsonEmecéTraducción: Juan Forn70 págs.
Hunter Thompson es uno de los periodistas más célebres del siglo XX: su talento para conjugar en palabras los actos más audaces (en general combinados con grandes ingestas de sustancias tóxicas y armas de fuego de alto calibre y gatillo sensible), lo volvieron un exponente emblemático de esa forma de periodismo gonzo que se arrojó a perforar la realidad en los años ’60. Algunos lo recordarán por Días de ron, otros por Los ángeles del infierno y la mayoría por Miedo y asco en Las Vegas. Pero a principios de los ’90, Thompson editó apenas 326 ejemplares de un libro minúsculo que resumía su credo y su práctica: tres relatos sobre la experiencia con las drogas, las ilusiones perdidas y un amor bestial entre un hombre y un gato que el mismo Thompson utilizaba como parámetro de cuánto podía un lector aguantarlo. Finalmente, Mescalito se edita en la Argentina. Pruébelo. Aguántelo.
Por Juan Forn
En una de las últimas apariciones públicas de Hunter Thompson, firmando ejemplares de los tres tomos de su correspondencia en una librería de Chicago, uno de sus fanáticos se presentó con una bolsa llena de ajados ejemplares del Gonzo, esperando que éste les estampara la firma. Thompson miró con ojos vidriosos al fanático y a la larga fila que se había formado detrás y declaró que sólo firmaría los libros que se hubieran vendido esa tarde. El fanático guardó contrito todos sus ejemplares menos uno y rogó al Gonzo que al menos le firmara ése. Se trataba de un librito de menos de cincuenta páginas, sin cubierta, con el título Screwjack y un tosco grabado de un gato alzando la cola en su primera página. Thompson ofreció al fanático firmarle toda la bolsa a cambio de ese libro. El tipo dijo que de ninguna manera pensaba desprenderse de él. Thompson sacó entonces un arma, se produjo gran revuelo en la librería y todo terminó con el retiro apresurado de la estrella de la jornada, acompañado de su entorno y varios guardias de seguridad.
La primera edición de Screwjack (Mescalito en la traducción que acaba de publicar en castellano Emecé) se publicó en 1991 en una tirada fantasma de 326 ejemplares numerados, sin tapa y sin incluir siquiera el nombre de su autor en portada, realizada por el desconocido sello editorial Neville Books of Santa Barbara. Como el libro no figuraba ni en los registros del ISBN ni en los de la Biblioteca del Congreso, los fans de Thompson discutieron durante años si se trataba de un objeto de culto de existencia real (por el cual se ofrecían hasta 500 dólares en foros de Internet) o de una humorada más de su icono. El precio de aquellos ejemplares numerados llegó a las nubes en los meses posteriores al suicidio de su autor, hasta que Simon & Schuster reeditó el libro con bombos y platillos a fines del 2005, con la leyenda “el inédito póstumo de HT” bien visible en tapa y en la campaña promocional de lanzamiento.
Hunter Thompson a mediados de los ’70
El breve volumen tenía la misma extensión que en su edición original: 48 páginas, repartidas en tres textos y una introducción en la que el propio HT explica en una carta a su editor (“Querido Maurice”) en qué orden deben ir los textos y por qué. El texto inicial (“Mescalito”) es una típica pieza de gonzo journalism que los fanáticos de HT considerarán “seminal” porque relata en tiempo real el primer viaje de mescalina al que se sometió el Gonzo, en un hotel de Los Angeles en 1969. Alguna vez, HT se definió a sí mismo como un political junkie; este texto ilustra bien por qué. Todas las alucinaciones que le produce la mescalina son políticas: la fecha del relato es febrero del ’69, poco después de los asesinatos de Martin Luther King y Bobby Kennedy, en el momento justo en que Nixon ordenó la represión de estudiantes en Berkeley y la prensa dio a conocer la masacre contra civiles cometida por tropas norteamericanas en My Lai (Vietnam). HT juguetea con la idea de tirarse del piso once o comenzar a disparar contra los policías que ve abajo, mientras los aparatos de su habitación de hotel (TV, radio despertador, máquina de escribir, heladerita, alarma contra incendios) conspiran para obligarlo a hacer algo, hasta que Oscar Zeta Acosta, el abogado chicano e impenitente compañero de desventuras de HT, acude en su ayuda y lo despacha por avión a Denver.
Si “Mescalito” es un destilado avant-la-lettre de la locura psicotrópica que HT desarrollaría hasta la demencia en Miedo y asco en Las Vegas, el segundo y tercer texto (“Muerte de un poeta” y “Screwjack”) pertenecen a lo que el Gonzo consideraba sus “ficciones” y despiden ambos, con los honores que se merecen, a sus dos heterónimos más conocidos: el poeta FX Leach (que aparece por primera vez en Fear and Loathing in Elko y reaparece en Better Than Sex) y el legendario Raoul Duke (mencionado por primera vez en Los ángeles del infierno y protagonista excluyente de Miedo y asco en Las Vegas y otras aventuras narradas por HT).
En la manera de morir que ofrendó HT a sus heterónimos en estos dos relatos (difícil encontrar un relato que culmine con la muerte de su protagonista que sea tan delirantemente eufórico como estos dos) puede hallarse explicación a la avidez con que sus fanáticos se han desvivido a lo largo de los años por conseguir una copia del librito en cuestión. También puede verse en esta despedida a FX Leach y a Raoul Duke la manera en que pensaba irse de este mundo el propio HT. Como bien ha señalado Nathan Cain, una de las grandes ironías de la carrera de Thompson es que haya vivido lo suficiente para ver desdibujarse todos los finales espectaculares que imaginaba para sí mismo (tal como lo demuestra el prólogo al primer volumen de su correspondencia, The Proud Highway, donde habla de sí mismo en tercera persona, describiendo un descabellado accidente de motocicleta en el que supuestamente perdió la vida).
De hecho, muchos expertos en la obra de Thompson dicen que éste aceptó publicar su correspondencia en vida para que ésta contestara por sí misma todas las preguntas sobre “el verdadero Hunter Thompson” que a él tanto le fastidiaba enfrentar (entre ellas si escribió verdaderamente drogado Miedo y asco en Las Vegas, cosa que al parecer no fue así, como le confiesa en una carta al editor del libro, Jim Silberman, de Random House).
Lo cierto es que hay un magistral golpe de efecto al pasar de las alucinaciones de “Mescalito” a “Muerte de un poeta” y de ahí a “Screwjack”, tal como explica HT que es su cometido en la carta a su querido Maurice que abre el libro: “En cuanto al orden, creo que Mescalito debe ir primero, para que la tensión dramática & la anomalía cronológica vayan intensificándose como en el Bolero de Ravel, en un crescendo que arrastrará implacablemente al lector hacia las alturas & desde allí lo dejará caer al abismo. Ese es el efecto buscado, y si abrimos con Screwjack o Muerte de un poeta, el libro se nos disolverá en las manos”.
Otra de las discusiones en torno de este libro que se dan en los foros de Internet es la naturaleza de la relación sexual entre Raoul Duke y su gato en “Screwjack” (el título del relato es el nombre del felino). Hay quienes aseguran que HT habla incuestionablemente de penetración; hay quienes lo consideran una mera metáfora. Lo cierto es que todos los amigos de HT aseguran que él usaba ese relato como tester con las damas que iban a entrevistarlo a su rancho-fortaleza de Woody Creek (Colorado), para saber qué clase de “gonzo-tolerancia” tenían.
De hecho, eso es lo que habría sucedido en 1990, entre HT y una conocida actriz porno devenida productora llamada Gail Palmer-Slater, que asistió a una reunión en Woody Creek para comprarle al Gonzo los derechos cinematográficos de uno de sus libros (no especificó cuál al arreglar la cita). Durante los años ’70 y ’80, Palmer-Slater había formado una sociedad marital-conyugal de pingües ganancias con el mafioso Harry Mohney, poseedor de trescientos cincuenta cines porno en Los Angeles. Cuando sus bondades físicas comenzaron a declinar, Palmer-Slater convenció a Mohney para que le permitiera dirigir y producir sus propias películas (incluyendo algunas con el famoso John Holmes). Cuando Mohney se cansó de ella, Palmer-Slater hizo un arreglo con la policía para testificar contra él y enviarlo a la cárcel.
En 1990 se había casado con un dentista junto al cual asistió a una convención odontológica en Aspen, cuando tuvo la idea de ir a ver a Thompson para negociar con él su retorno al cine. Al día siguiente del encuentro, Palmer-Slater presentó una denuncia por acoso sexual contra HT en los tribunales de Aspen (la misma ciudad en la que Thompson se presentó como candidato a alcalde en los años ’70, con su propio partido, el Freak Power Party, y los republicanos y demócratas de la ciudad debieron unirse en lista única para vencerlo, en unas elecciones famosamente reñidas). La comunidad de Aspen se la tenía jurada al Gonzo desde entonces. Apenas fue radicada la denuncia (la Palmer-Slater acusaba a HT de haberle pellizcado “fuertemente” un pezón) y sin que viniera muy a cuento, la policía local realizó una redada que duró once horas en el rancho de Woody Creek.
Según las actas del juicio posterior, se encontraron un gramo de cocaína, dos onzas de marihuana, treinta y nueve tabletas de LSD y una caja de cartuchos de dinamita. Así se inició un famoso proceso que duró más de dos años, durante el cual HT despidió a sus abogados y asumió su propia defensa. Luego de que se demostrara que las drogas y la dinamita halladas en el rancho tenían por lo menos una década de antigüedad (en la pericia, de resultados hilarantes, se determinaron los escasos efectos residuales que conservaban las sustancias tóxicas halladas), HT declaró en el estrado: “Vivo en Woody Creek hace veinticuatro años y puedo afirmar que gran parte de los freaks de este país (no todos, a Dios gracias) han pasado por esa casa. No veo por qué debe ser mi responsabilidad lo que hayan dejado olvidado en ella”.
Aun así, los propios abogados despedidos por Thompson daban por perdido el juicio hasta que la testigo principal de Palmer-Slater se puso a coquetear abiertamente con el acusado desde el estrado donde estaba declarando. Harto de tanta payasada y cobertura mediática, el juez archivó la causa y declaró inocente de todos los cargos a HT.
La Palmer-Slater nunca logró retornar al mundo del cine y se desconoce su paradero actual. En cuanto a los derechos cinematográficos de “Screwjack”, los fanáticos del Gonzo aseguran que se cremaron junto con el cuerpo de su autor y que fueron disparados al cosmos en una cápsula espacial (con la forma de un puño que apretaba un hongo de peyote) al son de la canción Mr. Tambourine Man de Dylan, durante las exequias de HT en su rancho de Woody Creek, financiadas según su viuda por Johnny Depp y Bill Murray, los dos únicos actores capaces de interpretar al Gonzo en el cine.
MescalitoHunter ThompsonEmecéTraducción: Juan Forn70 págs.
jueves, 12 de julio de 2007
solidaridad: urgente se necesita
Se convoca a la solidaridad por la vida de una niña
Tiene una sonrisa permanente en el rostro y unos inmensos deseos de vivir, ella es Ivonne Oropeza Durán una niña tarijeña de 11 años que padece de Fibrosis pulmonar, enfermedad que no le ha permitido estudiar, ni vivir de manera normal y que podría acabar con su vida.
Ese es el motivo que impulsa, a través de este medio, solicitar la ayuda de todos aquellos que deseen colaborar para que ella pueda vivir.
Ivonne es la tercera hija de una pareja muy pobre que tienen que mantener además de Ivonne, a cuatro hijos.
La niña estaba siendo atendida a través de un seguro médico obtenido por el trabajo de portero que tenía el padre, en dicho seguro no contaban con la especialidad de neumología es así que fue trasladada a la ciudad de Cochabamba donde los médicos que la trataron la desahuciaron. Posteriormente el padre fue despedido sin explicación coherente, al perder el trabajo también se perdió la atención médica para la menor. Ahora se encuentra en Tarija, donde es la madre con su trabajo de lavandera de ropa la que sustenta ese hogar. Por esas razones el costo del tratamiento que requiere Ivonne se hace inalcanzable para la familia.
La terapia de la Fibrosis Quística consiste en: antibiótico, broncodilatadores, corticoides, terapia física del tórax, ejercicio, oxígeno, medidas nutricionales y transplante cardiopulmonar.
Ivonne en la actualidad sobrevive gracias a sobres de Fludimed, aparte de requerir de esta medicina, necesita constantemente fisioterapia respiratoria. Para todas aquellas personas que estén interesadas en ayudar a que Ivonne siga luchando por la vida pueden comunicarse con la mamá al celular 71877227, en su caso con Ricardo Juárez en Tarija, al 76192209. En Cochabamba contactarse al 70799386 (Jackeline).
Tiene una sonrisa permanente en el rostro y unos inmensos deseos de vivir, ella es Ivonne Oropeza Durán una niña tarijeña de 11 años que padece de Fibrosis pulmonar, enfermedad que no le ha permitido estudiar, ni vivir de manera normal y que podría acabar con su vida.
Ese es el motivo que impulsa, a través de este medio, solicitar la ayuda de todos aquellos que deseen colaborar para que ella pueda vivir.
Ivonne es la tercera hija de una pareja muy pobre que tienen que mantener además de Ivonne, a cuatro hijos.
La niña estaba siendo atendida a través de un seguro médico obtenido por el trabajo de portero que tenía el padre, en dicho seguro no contaban con la especialidad de neumología es así que fue trasladada a la ciudad de Cochabamba donde los médicos que la trataron la desahuciaron. Posteriormente el padre fue despedido sin explicación coherente, al perder el trabajo también se perdió la atención médica para la menor. Ahora se encuentra en Tarija, donde es la madre con su trabajo de lavandera de ropa la que sustenta ese hogar. Por esas razones el costo del tratamiento que requiere Ivonne se hace inalcanzable para la familia.
La terapia de la Fibrosis Quística consiste en: antibiótico, broncodilatadores, corticoides, terapia física del tórax, ejercicio, oxígeno, medidas nutricionales y transplante cardiopulmonar.
Ivonne en la actualidad sobrevive gracias a sobres de Fludimed, aparte de requerir de esta medicina, necesita constantemente fisioterapia respiratoria. Para todas aquellas personas que estén interesadas en ayudar a que Ivonne siga luchando por la vida pueden comunicarse con la mamá al celular 71877227, en su caso con Ricardo Juárez en Tarija, al 76192209. En Cochabamba contactarse al 70799386 (Jackeline).
la nueva propuesta de la televisión nacional: impacto, relativismo y ventas
Por VictorVíctor H. Romero
Si hay algo de temer en este país es al mal manejo informativo de la televisión nacional
Desde hace varios meses el tratamiento informativo que implementan los telediarios, sean locales o nacionales;, ha llegado a los niveles más bajos de calidad, puesto que ahora no sólo se busca informar a medias, sino causar impacto, antes que comunicar, proporcionar al televidente todas las aristas de un hecho noticioso para que, por sí sólo, pueda llegar a una sana conclusión a partir de una lectura personal de la coyuntura diaria, por. Por si esto fuera poco también pretenden inducirlo al a consumir con una serie de ofertas de “tv-compra”, terminando de esa forma en destruir todo principio de información.
Que la televisión es comercial no es un secreto, pero al paso que vamos, no queda otra que correr el riesgo de pecar de puritanos y exigir un poco de mesura, pero. Pero empecemos por partes: la televisión se convirtió en una testera política en la que se promueve no sólo el enfrentamiento entre las partes, también se asume una posición que tergiversa la información, difundiéndose a medias, sin ni siquiera tomar en cuenta a la contraparte.
No deja de ser graciosa además la poca lectura crítica de los periodistas, casi siempre tiran la pelota informativa por el lado equivocado, hace poco se difundieron imágenes del constituyente Fernando Morales agrediendo a un dirigente de la CIDOB en la Red UNO, como si se tratase de un espectáculo más o de una escena propia de Rocky Balboa, exhibieron la imagen del gancho derecho, una y otra vez, con “Eye of tiger” como fondo musical. En una completa interrogante quedó la situación de salud del agredido, las acciones judiciales que iniciarían, pero eso sí se informó sobre las diversas reacciones, diplomáticos insultos y justificaciones de las clase política, más allá de frenar o censurar ese tipo de actitudes que lindan con el racismo, proyectaron la confrontación a otros niveles.
Otro ejemplo, mientras la nevada caía sobre el Altiplanoaltiplano y se revelaba la poca capacidad de las instituciones para enfrentar este tipo de emergencias, no faltó quien valorase la postal, antes que la tragedia, es más, tuve la oportunidad de ver como un reportero de UNITEL de Cochabamba, se solazaba jugando con nieve con su camarógrafo, de información no se emitió absolutamente nada, atrás quedaron las desgracias, los muertos, la ola de frío polar que irrumpe en el continente. La información se convirtió en una irreverente postal sin sentido común alguno.
Pero a la hora, de informarse, aproveche ya no la pausa comercial, deguste los exquisitos alimentos, saboreésaboree las diversas bebidas, incluso cómprese ropa nueva y de toda talla, siempre a través de su noticiero estelar, al . Al paso que vamos, que no nos sorprenda encontrar un “set” de televisión en los flamantes estudios del supermercado más moderno del país. Pero eso sí, sus conductores, ponen la expresión de seriedad absoluta cuando se trata de tocar temas “profundos”, lo que en realidad hacen es intentar profundizar en la superficialidad de su formación crítica, que apropósito, a propósito, se halla siempre acorde a la tendencia política que más se acopla a su estatus social. En suma, la televisión está llena de malhablados, analistas de medio pelo y sumo-pontífices, . ¿para qué tenemos gobernantes si ellos pueden asumir el rol de representarnos.?
Esa práctica de cambiar canales apretando el botón preciso del control remoto, que los intelectuales de pose denominan como zapping;, resulta ser la mejor opción para ver y no ver la televisión nacional, divida en dos importantes áreas del entretenimiento, que de aa poco su amorfismo las va convirtiendo en el producto de una misma madre,: los informativos de alto impacto en ventas y las revistas (matutinas, meridianas y nocturnas) de mediocre esparcimiento en el que se priman los saludos para unos y otros, ingenuos y muy sinceros comentarios relacionados a temas de coyuntura en los que para nada se busca la génesis de la información que se intenta debatir. El “resto” televisivo se debate en el limbo entre estas tan interesantes propuestas, el televidente queda entonces condenado a un sistema de ventas, concursos y a considerar apagar la televisión o saltar de canal en canal tratando de descubrir lo que en realidad pasó.
Paradójicamente, afuera, en el “más allá de nuestras fronteras criollas”, el mundo periodístico va tomando de apoco un rol de interlocutor, tratando de hacer lo imposible para dejar de considerar a la opinión pública como una subjetivada de encuestas y darle la opción de, al menos, ser reportero por un día y escuchar, conocer su peculiar forma de entender no sólo a su mundo, también el que lo rodea, cuestionando entre líneas el rol del periodista, del reportero, del editor, de aquél que se supone está en las calles en contacto directo con la noticia y de el que tiene la misión de procesarla para una mejor digestión del hecho noticioso.
En los hechos, ninguno de los dos tiene los pies sobre la tierra, se trabaja para cumplir y no para hacer del periodismo una práctica comprometida con la verdad. Los reporteros se convierten entonces en una privilegiada clase que detenta del poder y que a su modo, le brinda un particular y leve sentimiento de existencia, ante la falacia de un “poder” que no existe más que a través de una grabadora, un micrófono y una cámara. De ahí que no está demás recomendar que… ¡llame ahora, marque ya, que estaésta puede ser su última oportunidad!
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